LA RAZA OLVIDADA

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Published  April 2017

NUESTRO VUELO ES NOCTURNO (OUR FLIGHT IS NOCTURNAL)

Mientras entro en la panadería, mi mente comienza a correr. ¿Debo de ordenar mi comida en ingles, porque eso es lo que esperan los cajeros? ¿O, lo debo de ordenar en español, porque yo puedo, y puede ser más fácil para que me entienden? Si hablo español, ¿se van a reír y responder en inglés? ¿Pensarán que soy sólamente una gringa ignorante tratando de actuar como si yo supiera su idioma porque lo aprendí en la escuela secundaria o algo?

Yo he resonado con dos culturas y siempre lo haré. Mi madre es nicaragüense y mi padre es estadounidense. Me crié comiendo gallo pinto y plátanos y hablando el idioma de mis antepasados y de sus colonizadores. No quiero ser tratada como si fuera una gringa; soy mitad blanca y crecí en las afueras de Nueva Orleans.

No soy inmigrante. Soy hija de uno. Yo fui criado por inmigrantes latinos, que me han cultivado y enseñado cómo funcionar en una sociedad lavada por el colonialismo. Mi abuelo era un artista de Guadalajara, y mi abuela trabajaba y vivía en una finca de cafe de su familia, en un pueblo llamado Diriamba. Mis abuelos emigraron aquí desde México y Nicaragua, después de enamorarse como adolescentes en México.

Cuando se alzó la revolución en Nicaragua, mi abuela, Dora García, trasladó a mi familia a Nueva Orleans, para escapar del terror de la dictadura. Buscó asilo en los Estados Unidos dejando una Nicaragua que estaba inundada de opresión política y reinado dictatorial. Ella se vio obligada a huir del país porque habló en contra del presidente: funcionarios del gobierno amenazaron a encarcelar a cualquier persona que acudiera a las reuniones o apoyara a la guerrilla. Para ella, América representaba la vida y la liberación.

La primera “casa” de mi familia en Nueva Orleans fue una habitación alquilada en un burdel en el centro. Lucharon por encontrar trabajo, y mi abuela terminó haciendo trabajo doméstico hasta que comenzó a estudiar inglés, eventualmente consiguiendo trabajo como intérprete. Mi abuelo asistió a Tulane Medical School por un año, dejó debido a la barrera del idioma, y se convirtió en mecánico de automóviles.

Cuando mi madre tenía 8 años, mis abuelos se divorciaron, y la enviaron a vivir a México por un tiempo. Ella prefería allí: ella podía hablar su lengua nativa, y encontraba comida familiar en cada esquina. Sus amigos de este lado de la frontera tenían la piel marrón como la suya, y se sentía como en casa. Recientemente, mientras revisaba fotos y documentos antiguos mi guardó a través de las décadas, mi madre me mostró sus primeras boletas de calificación, de la escuela primaria. Ella tenía A’s en todo, excepto para el ingles y la escritura, porque ella no sabía el idioma. La maestra pensó que tenía alguna discapacidad mental, porque ella no hablaría en clase. Mi madre temía ser castigada por no saber el idioma de sus compañeros de clase.

En la escuela secundaria, a menudo fue enviada a detención porque hablaba el único idioma que conocía. Hablando español en una escuela privada de niñas no fue exactamente bienvenida en los años sesenta. A menudo era llamada por insultos racistas: “spic” era el más común. Ella me explicó que su piel oscura y cabello no fueron aceptados.

A menudo me sentía culpable por parecerse a mi madre casi idénticamente, a excepción de mi piel más clara. He modelado para los fotógrafos que me eligieron porque a ellos les parezco “exótica.” Sin embargo, no quiero sexualizar una cultura de la qual no soy parte, o perpetuar la forma en que las latinas están hipersexualizadas en la prensa. Sin embargo, me he aceptado como una cálida mezcla de culturas: tengo los ojos de gama de mi madre nicaragüense, y la mandibular fuerte y altura de mi padre.

Hoy lucho con mi identidad. A menudo me siento incapaz y culpable por existir como dos seres diferentes. Mi familia materna luchó con los dictadores y la pobreza, mientras mi familia paterna era privilegiada, con propiedad y doncellas. No soy solamente una persona, soy dos. Cuando estoy en los estados, resueno con Nicaragua; cuando estoy en Nicaragua, me siento desplazado, y demasiado gringa.

Estoy escribiendo esta columna, no sólo para mi familia, sino para todas las voces ignoradas: Para los inmigrantes, ilegales o legales, para aquellos que sienten que tenían que americanizarse para encajar. Para las cabronas y chingonas. Para los veteranos y rucas. Viva la raza.


As I walk into the panadería, my mind begins to race. Do I order my food in English because that’s what the cashiers are expecting? Or do I order in Spanish because I can, and it may be easier for them to understand? If I speak Spanish, are they going to laugh and respond in English? Will they think I’m just an ignorant gringa trying to act like I know their language because I learned it in high school or something?

I identify with two cultures, and I always will. My mother is Nicaraguan, and my father is American. I was raised eating gallo pinto and plátanos, and speaking the language of my ancestors and their colonizers. I don’t want to be treated like I’m just a gringa; I am half-white and I grew up on the outskirts of New Orleans.

I am not an immigrant. I am the daughter of one. I was raised by Latino immigrants, who have cultivated and taught me how to function in a society whitewashed by colonialism. My abuelo was a Guadalajaran artist, and my abuela worked and lived on her family’s coffee farm in a town called Diriamba. My grandparents migrated here from Mexico and Nicaragua, after falling in love as adolescents in Mexico.

When the revolution in Nicaragua rose up, my abuela, Dora Garcia, moved my family to New Orleans to escape the terror of the dictatorship. She sought asylum in the United States, leaving a Nicaragua that was flooded with political oppression and dictatorial reign. She was forced to flee the country because she spoke out against the president; government officials threatened to imprison anyone who went to meetings or supported the guerrillas. For her, America represented life and liberation.

My family’s first “home” in New Orleans was a rented room in a downtown brothel. They struggled to find work, and my abuela ended up doing domestic work until she began studying English, eventually landing a job as an interpreter. My grandfather attended Tulane Medical School for a year, dropped out because of the language barrier, and became a car mechanic.

When my mother was 8, my grandparents divorced, and they sent her to live in Mexico for a while. She preferred it there; she could speak her native language and find familiar food on every street corner. Her friends on this side of the border had brown skin like hers, and she felt at home.

Estoy escribiendo esta columna, no sólo para mi familia, sino para todas las voces ignoradas.

Recently, while going through old photos and documents my family saved through the decades, my mother showed me her first elementary school report cards. She had A’s in everything, except for English and Writing, because she did not know the language. The teacher thought she had some mental disability, because she would not speak in class. My mother feared being punished for not understanding the language of her classmates.

In high school, she was often sent to detention for speaking the only language she knew. Speaking Spanish in an all-girls’ private school was not exactly welcomed in the ‘60s. She was often called by racist slurs, “spic” being the most common. She explained to me that her dark skin and hair were not accepted.

I often felt guilty for resembling my mother almost identically, except for my lighter skin. I have modeled for photographers who chose me because to them I seem to be “exotic.” However, I don’t want to sexualize a culture that I am not fully part of, or perpetuate the way Latinas are hyper-sexualized in the media. Though, I have accepted myself as a warm mixture of cultures: I have the doe-eyes of my Nicaraguan mother, and the strong jawline and height of my father.

Today, I struggle with my identity. I often feel powerless and guilty for existing as two different beings. My maternal family struggled with dictators and poverty, while my paternal family was privileged, with property and maids. I’m not just one person, I’m two. When I am in the states, I resonate with Nicaragua; when I am in Nicaragua, I feel displaced, and too gringa.

I am writing this column, not only for my family, but for all the voices unheard: for immigrants, illegal or legal, for those who feel they had to Americanize themselves to fit in. For the cabronas y chingonas. For the veteranas y rucas. Viva la raza.

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